Con envidiable calma escuchó Mark a su superior jerárquico, para finalmente responder:
“Señor: Soy consciente de mi responsabilidad y cometido laboral ante Vd. y, a ello me atendré durante todo el tiempo que permanezca al servicio de la Compañía. En cuanto a mi vida privada, sólo me siento responsable ante Dios primero y, después, ante quien mi libre voluntad, se acomode.
Sé que su tiempo es muy valioso y requerirán su atención asuntos más importantes, de modo que, si no tiene nada más que añadir, sobre mi trabajo, me temo debo marchar”.
El General Manager no pudo iniciar ni un leve gesto de despedida. Su cara no tenía color, aunque la pigmentación de su piel era lívida, probablemente por un esfuerzo de contenida ira. Ni siquiera notó que la puerta se había cerrado tras la marcha del Ingeniero.
La frase empleada como “coloquial” por Mr. Barry, citando tempestad en taza de té, se había trocado en “violento huracán abatido sobre Bella Vista”, por el “caso McGregor”, impulsado por Mrs. Penny, y figurando como teniente de la cruzada, Mrs. Lowers.
Pero es que el “caso” quedó descubierto una semana después, por el inocente proceder de Emeteria, cuando a la vuelta del Juzgado de Nerva, los recién casados, Elvira y Mark, la pusieron en antecedentes de la situación y requirieron su colaboración para contratar a una nueva sirvienta.
Cumplido conocimiento del casamiento civil, lo obtuvo Mr. Barry a través de la nota, reservada, que le hizo llegar el Jefe de Guardas, Segundino Botavieja, quien sostenía a un grupo de confidentes en Nerva, “para todo lo que fuese preciso”.
Las señoras de la colonia estaban alteradísimas y habían dado ostensibles muestras de desafecto a McGregor, haciéndose las distraidas para no corresponder al saludo en su encuentro. Por otra parte, norma muy socorrida en Rio Tinto, desde tiempo inmemorial y que tan lamentablemente arraigada quedó, siendo sustiuída por el hipócrita dicho de: “!Me alegro de verte¡”, mientras se simula, andando, andando, sin pararse, una falsa prisa,
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