viernes, 29 de enero de 2010

"Aquel joven escocés" XXVII

Con envidiable calma escuchó Mark a su superior jerárquico, para finalmente responder:
“Señor: Soy consciente de mi responsabilidad y cometido laboral ante Vd. y, a ello me atendré durante todo el tiempo que permanezca al servicio de la Compañía. En cuanto a mi vida privada, sólo me siento responsable ante Dios primero y, después, ante quien mi libre voluntad, se acomode.
Sé que su tiempo es muy valioso y requerirán su atención asuntos más importantes, de modo que, si no tiene nada más que añadir, sobre mi trabajo, me temo debo marchar”.

El General Manager no pudo iniciar ni un leve gesto de despedida. Su cara no tenía color, aunque la pigmentación de su piel era lívida, probablemente por un esfuerzo de contenida ira. Ni siquiera notó que la puerta se había cerrado tras la marcha del Ingeniero.
La frase empleada como “coloquial” por Mr. Barry, citando tempestad en taza de té, se había trocado en “violento huracán abatido sobre Bella Vista”, por el “caso McGregor”, impulsado por Mrs. Penny, y figurando como teniente de la cruzada, Mrs. Lowers.
Pero es que el “caso” quedó descubierto una semana después, por el inocente proceder de Emeteria, cuando a la vuelta del Juzgado de Nerva, los recién casados, Elvira y Mark, la pusieron en antecedentes de la situación y requirieron su colaboración para contratar a una nueva sirvienta.

Cumplido conocimiento del casamiento civil, lo obtuvo Mr. Barry a través de la nota, reservada, que le hizo llegar el Jefe de Guardas, Segundino Botavieja, quien sostenía a un grupo de confidentes en Nerva, “para todo lo que fuese preciso”.

Las señoras de la colonia estaban alteradísimas y habían dado ostensibles muestras de desafecto a McGregor, haciéndose las distraidas para no corresponder al saludo en su encuentro. Por otra parte, norma muy socorrida en Rio Tinto, desde tiempo inmemorial y que tan lamentablemente arraigada quedó, siendo sustiuída por el hipócrita dicho de: “!Me alegro de verte¡”, mientras se simula, andando, andando, sin pararse, una falsa prisa,

jueves, 28 de enero de 2010

"Aquel joven escocés" XXVI

Al llegar a casa, Elvira, un tanto nerviosa por los acontecimientos del día, entró en la cocina (Eme estaba libre de servicio) y tomó su delantal.
No llegó a colocárselo, puesto que Mark que la seguía, lo quitó de sus manos diciéndole: “Nunca mas te pondrás esta prenda, porque desde hoy eres ya mi mujer y señora de esta casa. A la noche y siempre, dormirás junto a mi y, como quiera que nuestro matrimonio no puede llevarse a cabo, por profesar diferente religión, la haremos de manera civil, formalizándola en el Juzgado de Nerva ó Zalamea, lo antes posible”.

La integridad del muchacho le hacía sentirse, -desde lo acaecido en el campo- desposado, haciendo suya la cita bíblica del libro de los Proverbios, 5.18-19

Al día siguiente, el guardiña del barrio inglés le hizo entrega de una carta en la que era convocado para una entrevista con el Director.
A ella acudió, en la creencia de que habría novedades sobre su trabajo. Mr. Anderson, Secretario de Mr. Barry, le hizo pasar al despacho de éste quien, con forzada sonrisa, le invitó a tomar asiento y, contra costumbre, no consultó el reloj.
El ladino gestor, -no era técnico minero y sí cualificado administrador- comenzó felicitándole por los éxitos obtenidos en la producción, de cuyo espectacular resultado había tomado nota la Comisión del Consejo, en la reciente visita girada a la Mina y disponiendo fuesen aumentados sus honorarios hasta £550/año, salario poco común entre los demás empleados.
Le manifestó, además, su apreciación personal y la satisfacción que sentía al contarle dentro de su “Staff, …si bien, le preocupaban ciertos comentarios que se hacían últimamente en la colonia por la familiaridad y excesiva confianza mostrada con su sirvienta, asistiendo a una fiesta popular en Zalamea. Entendía que los jóvenes británicos sintiesen ganas de divertirse, comprendiendo que al no haber chicas solteras de la misma comunidad, en Bella Vista, tuviesen que buscar atracciones, a veces inapropiadas, en ese otro círculo exterior, pero ¡claro¡ siempre de forma discreta y sin comprometer la honorable reputación inherente al resto de su propia comunidad. Por ello, sugería –era lo más adecuado, cuando estallaba una tormenta en taza de té- dado que mucha gente les vió marchar juntos a la repetida fiesta, despidiese a la criada con la excusa que mejor le viniese en gana.

miércoles, 27 de enero de 2010

"Aquel joven escocés" XXV

Todo quedó roto al ser imposible para la caballería caminar algo más. Se apearon a fin de comprobar qué remedio podían aplicar al lesionado animal. Hicieron todo lo posible para averiguar el daño que sufría sin encontrar solución y, viendo no llegarían andando para disfrutar del comienzo del festejo, resolvieron tomar un aperitivo “in situ” en tanto pasara alguien que pudiese ayudarles.
Lejana aún la primavera, el invierno estaba siendo benigno y el día se mostraba pleno de luz y sol con agradable tibieza. La tierra, cubierta por gruesa capa de hojarascas de eucaliptos y pinos, a cuyo alrededor se encontraban peñascos de poca altura, fueron elegidos para el obligado alto en el camino.
El joven ató la caballería a un árbol, en tanto dedicaba un leve recuerdo a Mrs. Barry al observar el revoloteo de una pareja de vistosos abejarucos que anidaban en el pequeño talud de un semiseco arroyo.
A fin de hacer más cómodo lo que suponía un breve descanso, desplegaron la manta de la montura sobre el lecho de hojas y, Elvira, sacó algo de queso y frutas del portaviandas.

Ya de rodillas, ambos, ignoraron el comienzo de la comida y, sin saber por qué, se encontraron sus miradas, quedando sus cuerpos inmóviles, olvidados de todo el entorno más próximo, sin escuchar el relincho del caballo, el cántico de los pajarillos ni el rumor de la brisa agitando suavemente los árboles.
¿Cuánto duró?...En aquellos momentos el tiempo tampoco contaba, pero la concatenación natural se sucedió con la fuerza que la juventud imprime a los amores deseados y generosamente compartidos, tan sujetos a las leyes de la naturaleza, anulando la mayoría de las veces, razonamientos de todo tipo….

Posiblemente transcurrieron horas, que a los dos debieron parecerles un soplo, alteradas únicamente, por el sonido de un campano de pesado animal. Así era, pues con cansino paso, se aproximaban unas reses conducidas por el pastor.
Pidiéronle ayuda y el hombre, examinó la pata del caballo encontrando la causa de la cojera. Una dura piedrecilla de blanco pedernal se había introducido entre la herradura y pezuña que, luego de ser extraída, liberó de molestias al cuadrúpedo.
El agradecido Mark, introdujo en el chaleco del pastor una moneda de 5 pesetas. ¡Era el sueldo de 2 días de aquél hombre¡

No les apetecía nada más que estar juntos y lo acaecido en esas…¿dos…tres, horas?
había sellado una unión, no sólo de cuerpos, si no de fuerte identidad que ya sería difícil de quebrar. Se consumó un matrimonio ante y por la omnipresente voluntad de Dios, que eligió como templo apropiado, no cubierto, el cielo azul sobre silencioso campo, sustituyendo los acordes del órgano, por el canto de las avecillas multicolores que, así mismo, oficiaron de recatados testigos.
Impelidos por el avance del atardecer y, como quiera que los festejos habrían concluido, optaron por regresar, percibiendo ambos, mientras cabalgaban, una desconocida serenidad.

martes, 26 de enero de 2010

"Aquel joven escocés" XXIV

Mark. recordaba el relato que escuchó en el “Only men” del Club a un viejo australiano, casado con una española de renombrada familia andaluza, de cómo fue recibido su matrimonio en Bella Vista, por las féminas del lugar.
Tan ignorados y descorteses fueron con ellos, que decidieron vivir en la calle Méndez Núñez, del pueblo, apartándose del barrio inglés. Aunque no la citó, dio a entender que la “lider” de aquella oposición fue la mismísima Mrs. Penny.
Algo peor ocurrió en la último década del pasado siglo, cuando fueron alejados de Rio Tinto dos o tres ingleses, también casados con españolas, a los que ni siquiera, reuniendo brillantes méritos profesionales, se les promocionó nunca.

No es que él estuviese decidido a declararle a Elvira unos sentimientos que le estaban superando y le eran difíciles de ocultar. ¿O, sí?...¿Sabía si ella sentía “algo” parecido por él?...¿No estaría ya comprometida con otra persona?
Imposible continuar con tan agobiantes dudas que ponían contrapunto de infelicidad en su diaria existencia. Pero, en esta ocasión, el destino jugó a su favor.

A finales del mes de Enero, Elvira solicitó permiso para acudir a la romería de San Blas que se iba a celebrar en Zalamea el 3 de Febrero próximo.
Entonces él preguntó si era posible conocer el festejo y, en cualquier caso, si sería inconveniente asistir acompañándole. Azorada y, casi imperceptiblemente, contestó:
“Sí, claro. Es público”…
Dióle a conocer las costumbres del lugar y desarrollo de la fiesta: Bailes, viandas, bebidas típicas a consumir en común , etc. Tal como fue explicado, le hizo ilusión.
Casualmente, el dia a festejar cayó en domingo y no circulaban los trenes de la Compañía en ese día de la semana, como tampoco lo hacían el 24 de Mayo, cumpleaños de la Reina Victoria,(a pesar de que la soberana había muerto en 1901) por consiguiente, tomaron una caballería de alquiler y con ella marcharon.

Ni que decir tiene que el primer sorprendido al ver montar al escocés, llevando a la grupa a la hermosa muchacha, “-pareja poco común-“ fue el guardiña de la cuadra el cual, “cumpliendo con su obligación”, con premura lo puso en conocimiento de Mr. Lowers.

En cuanto a “la poco común pareja” aquél viaje les estaba resultando infinitamente más cómodo que si lo hubiesen realizado en el legendario Orient Express. Tan gratos momentos eran saboreados, por ambos, de manera tan placentera que no se percataron de la constante cojera de la caballería hasta divisar la cercana estación del ferrocarril de la Compañía, en Zalamea. La forma de viajar no era para menos.
En tanto que el escocés llevaba las riendas, a su espalda sentía la opresión del busto de Elvira, que, a su vez, se sujetaba a él con el brazo derecho sobre el torso, mientras en su izquierda portaba la cesta de mimbre con las viandas.
La transmisión de temperatura, entre ellos, era inevitable.

domingo, 24 de enero de 2010

"Aquel joven escocés" XXIII

De regreso a casa halló a Eme y Elvira completamente felices por el buen término del incidente.

Nadie supo cómo, pero Mrs. Penny se enteró y –como de pasada y, simulando poca importancia- comentó en una tertulia del club el anedóctico caso, añadiendo un comentario, enfatizando la rapidez para solucionar tan “pequeña molestia”por parte de Mark, pues al fin, sólo se trataba de haberla padecido una sirvienta….
“Insólito, nunca ocurrió algo parecido que fuese tratado con tanta consideración entre el servicio de Bella Vista.” –Dijo-, atizándose una colmada copa de ginebra que puso fin a su intervención.
Del mismo modo que cualquier “novedad” que sucedía en la colonia, por pequeña que fuese, también Mr. Berry fue informado puntualmente. Lo que más molesto le resultó es que Mark se hubiese interesado ante un Jefe español, cuando lo correcto hubiese sido llamarle a él, pero guardó silencio.

Aunque suceso algo olvidado con el paso de semanas, el ambiente y lugar donde se produjo, no lo fue para Mark. No consiguió apartar de su mente detalles muy personales que, además, le producían sensaciones de dudas y gozo.
Autoanalizándose, reconocía la frialdad de sus reacciones –propia de la idiosincrasia escocesa- ante situaciones temperamentales, pero en las que el sentimiento natural prevalece sobre cualquier otro. Ese era y, no debía confundirse, el motivo de su joven inquietud.
Realmente;¿Qué le indujo a enjugar las lágrimas de Elvira?...¿Pena?...¿Compasión?
…¿Lástima?.¿Qué sintió al acariciar el cabello de aquella mujer, algo más joven que él mismo y que al tener físicamente cercana, era transmisora de algo más que tibieza?
…¿Protección?...¿Deseo?...!No, exactamente¡…Pero sí, todo a la vez.
Se contestaba a sus propias preguntas, respondiéndose, no se las formularía ahora si,
con naturalidad, la hubiese besado sin más.

En imaginaria balanza, sopesaba el tremendo “atractivo” –si así podría llamarse- que ejercía sobre él, Elvira, por un lado. El contrapeso lo aportaba el entorno social de Bella Vista, del que formaba parte, con sus inamovibles perjuicios, comprendidos en un estatus de inevitables connotaciones racistas celosamente observado, sobre todo, por las señoras de los residentes que veían con aversión cualquier interrelación con otros grupos de nacionalidades ajenas a la británica.

Algo conocía, por sus anteriores estancias en Africa del Sur e India, de ese tipo de casos que se daban en las colonias de ultramar, tratados sin embargo de diferente forma, en la misma Inglaterra.

viernes, 22 de enero de 2010

"Aquel joven escocés" XXII

Manolo Puente sabía que D.Segundino Botabaja era oriundo de un pueblo extremeño cercano a la frontera portuguesa y, desde hacía años, vivía en Rio Tinto. Aunque de siempre fue elemento “incondicional” de la Compañía que, entre otras recompensas por los fieles servicios prestados, le hizo Alcalde de un pueblo cercano. No recordaba si fue Campofrío.
Individuo de pocos o ningún amigo, tenía un carácter hosco y reservado que sólo se abría cuando, como leal perro de presa, conseguía denunciar cualquier hurto ó manifestación desafecta a los intereses de la poderosa RTCL., recurriendo con halagos, amenazas u otros métodos coactivos, intentando obtener información que complementase la conducta o el delito cometido.

Mark agradeció los informes reservados del Capataz y resolvió, seguidamente, hacer una visita al Sr. Jefe de Guardas.
D. Segundino lo recibió de inmediato mostrando su servil condición en ser honrado con la presencia de un Jefe de Departamento minero, suceso no habitual puesto que, en el nomenclátor de la Empresa, esté ultimo tenía una categoría muy superior a la de él.

El tétrico despacho de que disponía, era reflejo de la personalidad de su ocupante.
Sobre la tosca mesa, llamaba la atención, un puñado de papeles pisados por una bomba de mano de las llamadas “piña” y, cercanos, dos descomunales tinteros, de negro y rojo líquido, así como desgastada carpeta de hule negro tan común en oficinas decimonónicas.
El más que austero mobiliario lo componían, desvencijada vitrina conteniendo 5 o 6 escopetas de las llamadas tercerolas, un sillón con espaldar de madera y 3 sillas con posaderas de enea.
La chimenea de leña, entonces apagada, impregnaba a la habitación de acusado olor a vieja madera quemada y completaba la decoración, un almanaque de la Union Española de Explosivos pendiendo de la encalada pared.

Cruzado frío saludo, sin más, Mark pasó a pedirle información sobre la visita girada a su casa, -mientras él ausente- por uno de sus subalternos que, además, salió acompañado de la cocinera.
La interpelación, acompañada de seria mirada, fue recibida por Don Segundino con fingida humildad y respondida en tono apaciguador y meloso de la siguiente manera:
:
“Siento mucho, Mr. McGregor, este lamentable incidente, debido a la confusa confidencia que habíamos recibido sobre el hurto. Nos indicaban, tratábase de un muchacho de características parecidas al hijo de su cocinera y ¡claro está¡ nosotros, siempre dispuestos a velar por los intereses de la Compañía, hacemos las comprobaciones necesarias.
En el caso que nos ocupa, no ha sido preciso seguir más adelante, porque nuestros eficaces servicios han dado con el delincuente, jugador empedernido, sin nada en común con el hijo de su sirvienta quien, por otra parte, sabemos es persona de orden. Es decir, Mr. McGregor que, ¡aquí no ha pasado nada¡”

El escocés le espetó secamente: “!Thank you¡. Espero que si de nuevo piensan hacer una visita a MI CASA, tengan la cortesía de anunciármelo, previamente”.
Las dos últimas palabras las pronunció de forma lenta y espaciada….

jueves, 21 de enero de 2010

"Aquel joven escocés" XXI

Uno de aquellos días, al regresar a casa y llegada la hora del té, que habitualmente era servido por Elvira, notó que rodaban por la sonrosada cara de ésta, unas lágrimas difíciles de contener.
Al ser preguntada por lo que parecía un infrecuente disgusto, Mark tomó un pañuelo de su bolsillo y , con delicadeza, secó el rostro de Elvira a la vez que, tratando de calmarla, acarició sus cabellos, ejerciendo un autocontrol que reprimía sentimientos más íntimos.

Ya tranquilizada, la joven zalameña, le comentó que uno de los Guardas de la Compañía, había estado en la casa, indicándole a Emeteria debía presentarse al Jefe Principal de los Guardas. Cumplido lo cual, aquél le dijo sería registrada su casa, en Alto de la Mesa, donde sospechaban que uno de los hijos de la cocinera, escondía una válvula de bronce, o algo así, sustraída del Departamento donde el chico trabajaba.
Mal asunto. Si se comprobaba, con certeza, el causante sería inmediatamente despedido y puesto en prisión. También lo sería un hermano menor del autor del robo y la madre debería abandonar su empleo en Bella Vista.
Elvira, que quería a su compañera de trabajo, con todo el alma ,estaba angustiada por el sufrimiento y llanto de esta, en tanto creía en la inocencia del chico.

Manolo Puente era el Capataz Mayor de la Corta del Pueblo que, además, gozaba de la confianza de Mark, quien acudió a él para, tras ponerle al corriente de tan molesto asunto, solicitarle su opinión.
Puente, con la sinceridad con la que se hizo acreedor de la confianza del escocés, le dijo que, si los Guardiñas de la Compañía (diminutivo, coloquialmente usado pos los trabajadores, mayoritariamente gallegos, de Rio Tinto) componentes del detestado cuerpo, sospechaban del hijo de su sirvienta, seguro que el seguimiento del “asunto” estaba siendo manejado por el poderoso Jefe de estos, D. Segundino Botabaja y, tal vez, lo más derecho sería visitarle en el despacho que tenía junto a las cuadras de la Compañía, caserón vecino de la misma Bella Vista.
Continuó, Puente, describiéndole la personalidad del tal Don Segundino
El título que se anteponía al nombre (Don) lo empleaban la gente de Rio Tinto, muy dadas a motejar y, en muchos casos, para estimular la vanidad de determinados individuos que, aún careciendo de título nobiliario y hasta universitario, competían con el cantoneo de un pavo real, cuando a ellos se dirigían, sin caer en la cuenta de ser motivo de cruel, aunque incruenta burla. El mote era muy común allí.
Mark, no comprendía el significado de ello, pero finalmente, exclamó: “!Oh, Yes,!...nickname¡ ¡Thank you¡

miércoles, 20 de enero de 2010

"Aquel joven escocés"XX

En tales casos, la política de Mr. Barry consistía en….esperar y ver.

Con independencia de su trabajo, la vida doméstica del escocés se iba tornando inquieta y, cubría el trayecto de la Corta a Bella Vista poniendo a su caballo a todo galope, al término del trabajo. Entonces, una in disimulada ilusión aparecía en su rostro, acentuada al entrar en casa, esperando una sorpresa. No sabía comprender esa sensación que tan grata le resultaba.
Por descontado, no eran las llegadas de cartas desde Escocia procedentes de sus padres, hermana ó amigos, convenientemente colocadas en un rincón del vestíbulo. Con rapidez las examinaba, pero dejando la lectura para hacerla, posteriormente, saboreando una taza de té. Así que, evidentemente, no era eso.

Sin embargo, el leve chirriar emitido por la puerta que separaba las dependencias del servicio de la casa y que, habitualmente, se sentía por la discreta entrada de Elvira saludando, “Buenas tarde, señó”. Parecía ser el premio a la veloz cabalgada.
No le cabía duda. Aquella mujer, a la que a veces no acertaba a responder con su saludo, le inmovilizaba y, estaba siendo, sin remotamente pretenderlo, la suave brisa que precede a un gran vendaval de incalculable magnitud.
Urdía pueriles excusas, (cual niño que toma y suelta un juguete, retomándolo presto) sólo para disfrutar de su presencia. Una de las tretas más utilizadas era llamarla, para que le explicase el significado de tal o cual palabra.

Paciente, acudía Elvira e, interiormente, sentía la sensación de estar ayudando en algo más útil y superpuesto a su diario cometido en la casa, además de acercarle, físicamente, al hombre que la escuchaba con atención, para ella desconocida hasta entonces. Presentía, aunque vagamente, que era “acariciada” por sus ojos…En todo caso, lo percibía como una manifestación de silencioso agradecimiento.

Lo que no se podía negar así misma, era la rapidez y complacencia que ponía, en atender el más pueril de los requerimientos y esto le creaba un estado de excitación escasamente controlable. Dicha situación había tomado un camino en el que ambos se miraban, después de la conversación ó aclaración que se hubiese suscitado, sin seguir en ella, de una forma en la que podrían decirse muchas más cosas y que, en ocasiones, se dilataban extremadamente.

"Aquel joven escocés" XIX

El regreso a casa no alivió la pesadez de estómago que sentía Mark. Ya en ella, se preparó un vaso con agua de seltz evidenciando que las molestias no eran físicas.

Momentáneamente recordó a su viejo abuelo, el Rvd. McGregor, quien le había inculcado la lectura de la Biblia, procurando en todo tiempo hacer de él un cristiano protestante que asumiese lo esencial de los Evangelios. Es decir, el amor a sus semejantes, sin acepción de color, fronteras y cualesquiera fuesen su credo ó posición social, admitiendo es humano el pecar, pero aún así, si en ello se caía, la fé en la infinita misericordia divina, con sincero arrepentimiento, liberaba.
Sobre todo había que conocerse así mismo y observar una conducta íntegra.
Era el legado que no quería perder y justificaba sus diferentes puntos de vista con los de Mr. Barry.

Relacionado con el trabajo, sostuvo frecuentes entrevistas con el Director quién jamás dejó traslucir animosidad en su contra, incluso parecía tenerle en alta consideración

Pudo ocurrir, tal vez, que la sinceridad con la que Mark le expresó su opinión, no beligerante, pero tampoco coincidente con la de él, en casa propia y delante de testigos, hubiese contrariado su fuerte carácter que únicamente afloraba en situaciones tensas, al tratar con líderes sindicales obreros, pero cabía la posibilidad de un pasajero enfado superado tras sosegada reflexión.
En cualquier caso, Mr.Barry tenía fantástica memoria….y precisos informes de la marcha de los trabajos en cada uno de los departamentos de la mina. Todas las mañanas, su oficina recibía exhaustivos informes de diverso contenido, entre ellos, era muy destacable la extracción en la Corta del Pueblo.

Sobresalía la eficacia desempeñada por Mark. No obstante, en un determinado día, releyó un documento confidencial, remitido por el Jefe de Guardas de la Compañía, donde se daba cuenta de 5 trabajadores, de Corta, afiliados al anatematizado Sindicato Socialista que, cada noche, se reunían en concreto lugar del vecino pueblo de Nerva para criticar a la Compañía y poner como un “guiñapo” a su Director.
En uno de los párrafos del amplio informe se leía: “El poco respeto y osadía de uno de estos individuos, llamado Rafael….ha llegado a poner a su perro MISTEBARRY, nombre por el que es llamado, a viva voz, cuando entra en las tabernas acompañando a su amo, provocando chanzas y risotadas entre los que en ellas se encuentran”.
No entendía como Mark, en el transcurso de los días de trabajo, aún no había tenido algún roce ó altercado con aquellos “desafectos a la Compañía” que bien pudiesen justificar el despido.

jueves, 14 de enero de 2010

"Aquel joven escocés" XVIII

Aunque jamás había escatimado esas “importantísimas mejoras”, esperaba que en la presente circunstancia, en la que ya no representaba obstáculo el avance de la Corta, al haber caído la Iglesia, tomaría impulso el estudio de ingeniería para aumentar el rendimiento productivo.
Enfáticamente, precisó lo peculiar que resultaba, según le había informado en varias ocasiones, Mr. Lowers, el descenso de castigos que se había observado en el personal obrero de la Corta Sur, a pesar de que aquellos trabajadores eran renuentes a un correcto comportamiento.
Suponía, podría atribuirse al, todavía, poco conocimiento de Mark hacia aquellos individuos y, por supuesto, a la benevolencia del mismo, influido por su leal observancia de la fe cristiano-protestante, recibida de sus buenos antepasados en Escocia….
No obstante y, aún respetando la autonomía de los Jefes de sus Departamentos, “sugería” estrictas medidas disciplinarias, ante comportamientos irregulares. Su propia experiencia le había demostrado que era la solución ideal ante díscolas actitudes.

Mark dio muestras de respetuosa atención al superior y, en un involuntario movimiento, creyó captar en el silencioso Jefe de la Agencia, una hipócrita sonrisa de adulación sobre los comentarios del Director. Aquella mueca, muestra de reiterado servilismo, fue ignorada por él, pasando a agradecer los elogios vertidos a su persona y exponiendo su punto de vista, en el trato que solía aplicar a sus subordinados que, con matices, lamentaba no compartir, ” pero apreciando muy sinceramente las sugerencias que se le hacían”.
Momentáneamente, sólo se oyó en el comedor un levísimo carraspeo escapado de la garganta de Mr. Lowers, que pareció dejar más helado aún, el casi apurado plato de cordero.

Oportunamente y, con toda probabilidad acostumbrada a intervenir en situaciones similares, Mrs. Barry, comentó el extraordinario descubrimiento que había hecho la víspera anterior, al observar como una pareja de abubillas intentaba anidar en el mayor árbol del jardin.
La sorprendente noticia, tan grata para la dama, dio un giro al gélido ambiente, insuflando algo de calor y hasta haciendo apetecible el inevitable budín de limón que, seguidamente, se sirvió.
Animada por su acertada intervención, la anfitriona no cedió la conversación y aprovechó la degustación de café y consiguiente copa de brandy, para suplicar a Mr.
Barry, su esposo, una original petición: “¿Por qué no se pedía a toda la colonia (mediante circular) recluyesen a sus gatos en lugares donde no pudiesen penetrar en el jardín de la Casa de Consejo? Al fin y al cabo, aquél debería ser el santuario donde los singulares pajarillos podrían reproducirse”… ¡Al menos, Mrs. Lowers, lo encontró razonable¡….

miércoles, 13 de enero de 2010

"Aquel joven escocés" XVII

Se trataba de Mr. y Mrs. Lowers, Jefe de la Agencia de Trabajo y su esposa.
Este último personaje desempeñaba el muy controvertido puesto político en la Compañía, junto al Director, de cara a los elementos laborales, sindicales y municipales.
Individuo de mediana estatura, escaso cabello, rictus no agradable de boca, gruesas gafas de pasta y constante mirada de reojo, parecía siempre temeroso de un indeterminado ataque.
La apariencia de su señora era muy corriente y poco atractiva, vestía con tan dudoso gusto, que podría ser ignorada hasta por el más solícito y amable tendero de cualquier comercio de ultramarinos.

Antes de pasar al comedor, fueron servidos sendos whiskys a los caballeros y jerez a las dos damas, ocasión que aprovechó la señora del Director para rogarle a Mr. Lowers se interesase por el trabajo que ella había pedido al capataz de la Carpintería, reflejado en una nota, cuya copia le mostró y él leyo, decía: “ Sr. Centeno, haga Vd, el favor de enviar a un carpintero a nuestra cuadra, a fin de que construya separadores entre los comederos, para evitar que los caballos se miren unos a otros. Muchas gracias.”
Tan interesante charla, fue sazonada con el añadido de qué piensos serían más convenientes para poner en los comederos de los caballos, si alternar las algarrobas con habas secas ó, tal vez, sólo cebada y paja.

Consumido el primer plato de berzas, compuesto de bien hervidas patatas, con acelgas y nabos, dejando patente la insipidez del mismo, Mrs. Lowers, en tono muy sincero, pidió a Mrs. Berry felicitase a la cocinera por su labor. Se supone sería hipertensa y agradecía, con su deseo, la ausencia de sal (¿?)
El cordero frio que seguía al primero –por supuesto con guarnición de guisantes hervidos, igualmente- dio paso a la intervención del Director.

Sin dirigió, sin más preámbulos a Mark, para expresarle (el tic nervioso le sacudió antes, 3 veces el cuello) su reconocimiento no sólo por el trabajo desempeñado en la voladura de la Iglesia, sino también, por el que estaba realizando en la Corta. Naturalmente, eran satisfactorias las medidas que había adoptado para reducir los accidentes de los trabajadores, al dotarles de anchos sombreros de fieltro que, generosamente pagaba la Compañía, además de hacer traer del Pilar de la calle Méndez Núñez, barriles de agua fresca para que la bebiesen, en sustitución de la que antes tomaban de la tubería de Quebrantahuesos y que, también, la Compañía pagaba a los aguadores que con sus borricos la acercaban a los tajos.

martes, 12 de enero de 2010

"Aquel joven escocés" XVI

Al concluir el trabajo, Mark fue invitado a cenar por Mr. Barry a la Casa de Consejo, residencia habitual del Director y su familia.
No era frecuente se prodigase este tipo de deferencias a los miembros del Staff, quienes si alguna vez el hecho se producía, solían referirlo reiteradamente en sus tertulias y encuentros en el Club, sin que la señora del agasajado olvidase de comentarlo (simulando no darle importancia) a la servidumbre, conociendo era el conducto más seguro para que se supiese en toda Bella Vista.
El último método de transmisión intencionado, lo ponía en marcha la señora invitada, al comentar en la cocina de su propia casa, un tanto distraídamente: “!Oh¡…me olvidaba. Por favor, no preparen cena esta noche, ni para el señor ni para mi, porque lo haremos en la Casa de Consejo. ¡Gracias¡”
Suficiente, para que el efecto tuviese idéntico eco, al de un potente tam-tam, en plena selva africana.
En aquella sociedad, -aún más que en la actual- se valoraban gestos y apariencias que se traducían en abrillantar el “status” personal.

Acudió el invitado escocés, vistiendo elegante smoking y rigurosa puntualidad.
Una sirvienta le condujo a la sala donde un cortés Mr. Barry presentó a su señora, que ya departía con otro conocido matrimonio.
Fácilmente se estimaba la diferencia de edad en unos 15/18 años, más joven que su esposo. Su acento, sin duda, galés. Frecuente sonrisa, cabello tenuemente, pelirrojo, con ojos de intenso azul y tierna mirada, edulcoraban la sensación de distancia personal que desprendía. Impenitente aficionada a la ornitología, había conseguido llenar el amplio jardín de aquella casa de pequeños refugios de madera, con nidos provistos de semillas, para que los pajarillos pudiesen encontrar acomodo.
Sufría mucho al descubrir que los jilgueros, chamarines, verdones y hasta los comunes gorriones, despreciaban las atenciones que se les dispensaban, prefiriendo las ramas de los árboles próximos y matojos de cardos silvestres.

Encontraba compensación en el inmenso cariño, sentido igualmente, por los 5 caballos de que disponían, entre su marido y ella. Nunca pudieron separarla de los partos de su yegua favorita “Madam”, así como su preocupación por todos ellos, al punto de prohibir seriamente a los mozos de cuadra, el uso de fusta o algo que se pareciese, debiendo sustituir aquella, por plumeros, incluso al montar.
Era el tema de conversación que sostenía con sus otros invitados, cuando Mark le fue presentado,

"Aquel joven escocés" XV

Mark no comprendía todo lo que Elvira explicaba pero no le pasaba por alto la ingenuidad y sencillez de su verbo, cautivándole la gesticulación que la joven empleaba con el relato, a la par que continuaba su labor.
Llegó un momento en que ella seguía hablando, aunque él no prestaba –o eso parecía- atención a su charla, puesto que la totalidad de su mente estaba cautiva de los movimientos calmosos y hermosa figura de la muchacha que, algo confundida, se retiró a la cocina.

A mediados de Agosto del repetido 1916, Mark fue citado para una entrevista con Mr. Barry. En ella, el Director, le propuso llevar a cabo un trabajo especial el cual consistía en volar la torre e iglesia del pueblo de Rio Tinto, por exigencias de la explotación.
Consideraba llegado el momento de acometer el derribo, habida cuenta del avance de los trabajos en la Corta, por una parte y, de otra, el adelanto apreciado en los de la nueva Parroquia que la Compañía estaba construyendo en el poblado de El Valle, cuya primera piedra se colocó el 30 de Diciembre de 1914
El encargo debería hacerse con premura, si bien, no podría interferir el trabajo habitual del joven ingeniero.
Aceptó, lo que suponía un reto en su carrera, elaborando el proyecto en el silencio de su casa, privándose en horas libres de cualquier actividad lúdica.
Tardó 2 semanas en presentar el plan a Mr. Berry quien lo aceptó y fijó la fecha para la demolición. Se llevaría a cabo el 15 de Septiembre a las 5,15 de la tarde. Como era natural, la Compañía se encargaría de asumir todo tipo de incidencia que pudiera producirse y dándole cuenta a las autoridades de lo relacionado con el derribo.

Obvio decir que, el trabajo se realizó con matemática precisión, siendo el evento presenciado, desde la Barriada de Alto Mesa, por numerosos habitantes del pueblo con incontenida tristeza, al ser el edificio más representativo del lugar donde, hasta la fecha, habían sido bautizados y administrados los demás sacramentos de la fe, a su gente, durante generaciones.
Fueron abundantes las lágrimas vertidas por el ya muy anciano, “Tio Julio”, conocido arriero, que con su voz tosca y aguardentosa, jamás faltó a la cita de “La esquila” no recordando cuantos años, en las madrugadas de Octubre, había franqueado las puertas de aquella Iglesia entonando: “Y con esta remato mi copla, Virgen del Rosario, que ya voy a entrar…”

Pudo ser premonitoria aquella tristeza, porque su enjuto cuerpecillo no acudió a la cita del siguiente mes, cuando el convocante “tin, tin” de la campanita, dejaba oir sus toques en la capilla de San Roque, al no llegar, todavía, a término la nueva Iglesia de
El Valle. Cuando finalmente se bendijo ésta, el 28 de Abril de 1917 y tocó “La Esquila” en Octubre, él sólo estaba presente en el recuerdo de sus compañeros.

lunes, 11 de enero de 2010

"Aquel joven escocés" XIV

El escocés, que aún permanecía en la sala, la observó mientras cuidadosamente colocaba la porcelana sobre la bandeja, en tanto la mente del muchacho buscaba una pregunta –aunque fuese nimia- para recrearse en la femenina figura, unos minutos.
Al fin, se decidió a formularla y en el todavía no dominado castellano, le dijo: “!Oh, Elvirooo, los Sres. mucho gustar el té. Muchas gracios para tuya y Eme. Thanks¡”.
Volviese la muchacha y, sin apenas alzar su preciosa mirada, respondió: “De nada, señó, pa eso estamos”. La entendió a medias y reiteró el cortés; “Thank you”, pero no deseaba, en absoluto, que la joven se retirara, de manera que cobró ánimo para oírla nuevamente y le preguntó: “Dice me Mrs. Penny que Vd. vivo en Salamea y allí es uno pueblo antigua y bonito,,,because (porque) tiene casas muy hermosas y tore, mucho alto en iglesia vieja”…”¿Es su casa allí muy hermoso?”. “Sí, señó” –le respondió, ya mirando a Mark más libremente, animada por los elogios a su patria chica y turbándole, extrañamente, al posar sus ojos en él.

“Pero no se llama Salamea, sino Za….Za…Za-la-me-a”.Se sintió en el deber de rectificarle, para que su pronunciación fuese más correcta.
“Oh, muchas gracios, Elviroo, Vd, buena profesora por mi¡”
Animada por lo que entendió como sincero cumplido, añadió:

“Es verdad que es un pueblo antiguo, pero bonito como pocos. Mi abuelo decía que la torre era aún más hermosa de lo que ahora lo es, pero cuando llegaron los gabachos, en 1810, destrozaron la iglesia e hicieron mucho daño a la torre y, también decía, que quisieron llevarse las campanas a Sevilla, para hacer municiones, pero no encontraron animales con bastante fuerza para cargar con ellas, porque de los que disponían sólo tenían dos patas y, entonces las dejaron. Hay calles muy pendientes y bonitas. También una plaza de toros, cerca de la de abastos. La hizo la Compañía, en época de Mr. Carlyle…sin dejar atrás el Pilar de las Indias….

Aunque todavía muchas cosas no le eran de fácil comprensión, avanzaba en el idioma, más para comprender que para expresarse. Así que su mostrada atención, indujo a Elvira a continuar, desgranando los encantos del lugar que él, complacientemente escuchaba:

“Y además, señó, si Vd. conociese la ermita de San Blas, tan chiquita y en mitad del campo, ¡Le gustaría una jartá¡ Allí vamos, en Febrero, mucha gente de Zalamea y sus alrededores, para prender en nuestros cuellos un cordón del Santo, después de frotar con aceite bendito la garganta. Eso nos protege de enfermedades en ella.
Luego, la mocedad, bromea en aquellas praderas, jugando y cantando así:

Vamos a jugar al corro,
A pedirle a Dios, que llueva,
Que se ponga el pan barato
Y se casen las mozuelas…”

"Aquel joven escocés" XIII

La zalameña Elvira, era de tejido más delicado. Por eso, quizás y, tal vez, por la sensibilidad y exquisito gusto que ponía en cada punto de su trabajo, no se podía dejar de notar.
En la pared de aquella casa, donde había un cuadro, ella lo colocó; donde un florero, lo ocupó con rosas; con sencillas cortinas cubrió los ventanales y, hasta la disposición del escaso mobiliario, lo dispuso con la aprobación de Mark.

Con ocasión de un tea-party, fueron invitados por él, a su casa, los matrimonios compatriotas, Wilson y Penny.
El té lo sirvió Elvira, con elegancia tal, que causó admiración a la Sra. Wilson y complacencia en Mrs. Penny, esta última por haber acertado en la recomendación. La primera no regateó alabanzas sobre la joven, cuando ella se retiró. Comentario que fue atentamente seguido, sin respuesta alguna, pero con interior satisfacción por el anfitrión.

No obstante, era la única aportación a la tertulia que hizo la Sra. Wilson pues, evidentemente, la que llevó todo el “peso” de la conversación fue la infatigable Sra, Penny, no privándose de emitir su opinión en tan dispares temas como, el transcurso de la guerra, las pocas noticias que se recibían en la colonia de los empleados de la RTCL, luchando en los frentes, los rosales y plantas que ya arraigaban en los jardines de Bella Vista, la prohibición impuesta por Mr. Barry para que no se llevasen ni perros ni gatos a las viviendas de Punta Umbría y la numerosa cantidad de calcetas, confeccionadas por las señoras de los miembros del Club, para enviar a los combatientes británicos, a través de la Cruz Roja.
Sufridamente, su esposo se limitaba a introducir, con timidez y de forma espaciada en el descarado monólogo, los monosílabos: “Yes, of course¡” ó “I think so¡”. Al parecer, era lo más que ella le permitía.

Para Mark, resultó ser aquella reunión, semejante a otras a las que había asisitido en calidad de invitado, infinitamente aburrida y bendijo el momento en el que marcharon. Fue entonces cuando, nuevamente, entró Elvira en la sala, para recoger
el servicio.

domingo, 10 de enero de 2010

"Aquel joven escocés" XII

Tampoco estaban exentos de preocupaciones los trabajadores del establecimiento minero.
En España, -aunque neutral en el conflicto bélico- se dejaban sentir sus repercusiones económicas y, concretamente en Rio Tinto, la carestía de los alimentos de primera necesidad se hacía insostenible en relación con los jornales devengados por la mayoría obrera.
Cierto que la Compañía intentaba enmascarar los salarios pagados a sus empleados, con la moderada reducción de los artículos vendidos en sus propios almacenes, pero esas medidas no eran suficientes para mitigar el generalizado malestar de estos, cuya situación económica suponía pesada carga aprovechada por el sindicalismo más audaz, instigando a la clase proletaria a exigir mejoras más justas, en ocasiones, de forma no pacífica.
Era evidente que la intransigencia de Mr. Barry, en sus escasas reuniones con los representantes de los Sindicatos, a quienes se negaba a reconocer como tales, excitaban los ánimos y proyectaban aversión general sobre él y su Staff. Prueba de ello, es que había sido agredido el año anterior, con el resultado de muerte el Jefe de los Talleres, Mr. Lindon, por un desempleado, al negarle colocación en la Empresa.
En fin, todo era propicio para enrarecer un clima de creciente inestabilidad en la zona.

En la amplia remembranza de los anteriores años vividos, Mark, observó como el cigarrillo se consumió é, igualmente notando que, al correr de la mañana subía la temperatura, de manera indolente, abandonó la marquesina adentrándose en el interior de la vivienda.

Acostumbrado a vivir su soltería sin preocupación de detalles domésticos, de los cuales siempre se habían ocupado sus sirvientes, nunca reparó en las casas que habitó.
Fue, precisamente en esta de Bella Vista, en la que la cocinera Emeteria (nombre con el que, probablemente, recae el castigo hacia los hijos no deseados) y Elvira, gobernaban, según su buen hacer y entender.
Eme, -que así le llamaban las almas caritativas, al dirigirse a ella- era oriunda de Lugo y con 4 hijos a su cargo, se veía en la necesidad de trabajar, para complementar el jornal de los dos mayores que sí lo estaban, aunque los ingresos como pinches,
escasos.
Su especialidad culinaria era el pote gallego, que a falta de grelos, sustituía con repollo y, sobre todo, una peculiar especie de pollo al curry, menú que al ser conocido previamente por los invitados a degustarlo, salvaba a los anfitriones de cualquier casa donde ella cocinara, de contraer futuros compromisos.
Por lo demás, era una buena mujer cuya única obsesión la ocupaba la limpieza de SU cocina.

sábado, 9 de enero de 2010

"Aquel joven escocés" XI

Al siguiente día de su entrevista con el Director, Mark se incorporó a su destino a las 6 horas de aquella mañana, ciñéndose al inflexible horario que regía en todo el establecimiento minero.
La panorámica que se ofrecía a su vista, desde el primer nivel donde lo contemplaba, era algo más que espectacular. Las bancadas de la Corta Sur ó, llamada comúnmente, Corta del Pueblo, comenzaban a mostrar sus distintos coloridos saludando a los madrugadores rayos del sol naciente.
La mirada se detenía, ora en las máquinas de vapor transportando continos (vagonetas) de mineral, ora en los numerosos trabajadores, cargándolas; saneadores colgados desde niveles superiores pendiendo de gruesas maromas, martillos automáticos y, sobre todo, los diferentes sonidos emanados del enorme anfiteatro que, se abría a las faldas del llamado Cerro de Salomón.

Paulatinamente iba haciéndose con el cometido de su departamento, a la vez que familiarizándose con el idioma castellano que tan preciso le era.

Escasamente, al mes de su llegada, recibió en su casa de Bella Vista, la llamada telefónica de Mrs. Penny comunicándole la noticia del suicidio de otro Ingeniero inglés, quien se había descerrajado un tiro en su propia casa.
Ocurrió un día de junio cuando en el pueblo “los nativos” celebraban una pintoresca fiesta, introducida por los trabajadores portugueses, llamada “el Pirulito”. Nadie podía dar explicación a este lamentable suceso, pero ella creía estar en lo cierto echando toda la culpa al endemoniado licor que se fabricaba en la vecina Zalamea.
La Sra. se esforzaba en hacer creer a toda la colonia que el desafortunado compatriota había salido de su casa para dar un paseo nocturno y, casualmente, algún trabajador, conocido por el suicida, le invitó a conocer “el Pirulito” donde debió ingerir demasiado “aguardiente” lo cual le produjo desequilibrio mental.
Como el pobre inglés tenía sellada su boca por el plomo, nada se aclaró.
Lo que sí intuía la gente sensata de la colonia era que, Mrs. Penny conocía muy a fondo toda la verdad que motivó el luctuoso suceso que se pretendía ahogar en alcohol, pero jamás salieron de su boca otros comentarios que no fuesen su teoría inicial. Quizás fue la única ocasión de su vida en la que se mostró prudente.
El funeral oficiado en la capilla presbiteriana, servido por el Rvd. Reynold, éste le introdujo el versículo de San Lucas, 8.17 (“Nada hay oculto, que no haya de ser manifestado”…et.)
Únicamente un imperceptible pestañeo alteró el rostro de Mrs. Penny al escuchar el sermón.

Aunque las múltiples versiones del suceso fueron apagándose según pasaba el tiempo, pesimista pasaban los días para los ingleses residentes en Bella Vista é, igualmente, para los que vivían en la calle Méndez Núñez, barrios de San Dionisio, Vista Alegre, Naya y Marín quienes leían los periódicos, llegados desde Inglaterra, con noticias del desarrollo de la terrible guerra en la que se extendían frentes tan dispares como, Gallipoli, Somme, Verdun, Marne, etc. y donde participaban compañeros de la Rio Tinto Company Ltd.

viernes, 8 de enero de 2010

"Aquel joven escocés" X

Al margen del documento a firmar, Mr.Dennis enfatizó su esperanza de que Mark observaría, y que sin duda se integraría en la buena armonía reinante en el barrio de Bella Vista, donde vivía mayoritariamente, la comunidad británica, ejemplarizada, en las facetas laboral y social, por la acertada gestión del dirigente superior de la Compañía allí, Mr. William John Barry, Director General.

En contrapartida, expuso con toda honestidad a Mr. Dennis su situación personal. Teniendo en cuenta que Inglaterra estaba en guerra con Alemania, se había personado ante las autoridades militares ofreciéndose como combatiente, no siendo aceptado al detectarse, analíticamente, haber padecido en un inmediato pasado fiebres palúdicas. Por consiguiente, era declarado exento de servicio, por el momento.

En Abril de 1916, Mark desembarcó del vapor Don Hugo (por supuesto, propiedad de la RTCL) en el puerto de Huelva, tomando el tren (de la Compañía, ¡no había otro¡) y en unas 6 horas se apeaba en la estación de “El Coso”del pueblo de Rio Tinto.
Allí le esperaba un inglés de Gibraltar, según le dijo, patizambo y con marcado acento en su idioma, probablemente, dedujo, por su uso más habitual de la andaluza lengua en el Peñón.
Le informó debería presentarse a Mr. Berry quien despachaba en la Dirección que la Co., tenía junto a la Iglesia Parroquial que se veía desde aquel punto.

No sabría calcular cuanto tiempo duró su entrevista con el Director General pero, desde el primer momento, tuvo la impresión estaba frente a un individuo poco común.
Mr. Berry era de esos hombres al cual se le identificaría en un salón, ocupado por una treintena de otros, como el más destacable de todos ellos. Sin precisar medidas, su estatura era notablemente alta y atléticamente proporcionada a su peso, si bien la edad podría oscilar entre los 49/51 años. La redondez de su abdomen comenzaba a pronunciarse. El cabello, no muy espeso, clareaba ya, dejando algo descubierta la parte frontal. Quizás lo más llamativo de su persona radicaba en los ojos, color grisáceo, fríamente fijos en su interlocutor, mientras conversaba. Un clic nervioso se pronunciaba en su cuello que parecía remarcar, con rotundidez, las parcas y precisas palabras de su oratoria. El poblado y cuidado bigote aún mantenía las rubias tonalidades, mezcladas con blancas hebras, algo manchadas por el humo del cigarro puro, frecuentemente mordido.
Vestía pulcra camisa blanca, de cuello desmontable, que anudaba una rara corbata prendida con alfiler, adornado por un brillante. La chaqueta, sin abotonar, dejaba entrever oscuro chaleco, dividido por medianos bolsillos y cruzados por gruesa cadena de oro, sosteniendo el reloj, del mismo metal, que consultaba de vez en vez.
Pantalón caqui, apropiado para montar, ajustado por marrones y brillantes botas altas, completaban su atuendo personal.

Durante la entrevista, Mr. Berry le dio a conocer el complejo funcionamiento del establecimiento minero, el lugar que ocuparía en el escalafón del Staff, así como el trabajo que desempeñaría en el Filón Sur de la extracción, capataces y obreros que quedarían bajo su mando, vivienda asignada en Bella Vista y, por supuesto, lo que se esperaba de él, en el ámbito social. No olvidó matizar, sobre esto último, que su conducta debería ser, en la colonia, la de “ todo un caballero”.
Finalmente, se hacía presumir en el Director, al inflexible negociador, cuya voluntad era de obligada obediencia y cumplimiento, so pena de contraer su peligrosa enemistad.

jueves, 7 de enero de 2010

"Aquel joven escocés" IX

Anécdotas y recuerdos que permanecían en su memoria, acudían a ella en aquella mañana, cuyo cielo de un azul intenso, presagiaba otro día de calor.

Se culpaba de aquél tremendo olvido, por inexplicable distracción, de no haber tomado regularmente las dosis de quinina que a todo europeo se le prescribía en India para prevenir las frecuentes fiebres tifoideas. Lo pagó caro y, ante el riesgo de perder salud atacado por la enfermedad que le mantuvo hospitalizado durante 35 días, el Dr. Hunter le sugirió marchar del país a fin de reponerse en el fresco clima de Escocia.
Todavía débil, abandonó Chandigarh, acompañado por sus buenos amigos los Swason que extremaron toda clase de atenciones, hasta dejarle embarcado en Bombay, a bordo del vapor Coventry con destino a Plymouth.

Necesitó una convalecencia, vigilada por sus padres y hermana, en la casa de Lochnagar, El cuidado familiar y los puros aires escoceses obraron una completa mejoría conseguida en sólo 3 semanas. Transcurrido ese tiempo y, encontrándose físicamente repuesto, decidió reemprender su vida laboral en cualquier latitud, distinta para él, al duro clima de Oriente.

Nuevamente recurrió a su amigo Paul Knox quien gustosamente le ayudó, conociendo la extraordinaria trayectoria que dejó en India a su paso por la Scottish Rocks Co. de modo que después de telefonear a Londres, le indicó debería presentarse, dos días más tarde, en el Nº 3 de la calle Lombard de aquella ciudad donde le esperaba el Secretario del Consejo de “The Rio Tinto Co., Ltd”.
Era esta una Compañía explotadora de minas ferro cobrizas en el sur de España, situada a unos ochenta y pico kilómetros del puerto de Huelva y propietaria del suelo y subsuelo de los yacimientos, a más de los terrenos comprendidos en el amplio contorno, viniendo a ser (no por conquista y sí por compra al Gobierno español) similar a la British South Africa Co., -en Rhodesia-

La entrevista con Mr. Dennis, entonces Secretario del repetido Consejo, se desarrolló cordialmente y colmó las expectativas de trabajo que ya le anticipara su amigo Knox.
El directivo puso ante él un contrato vendiéndolo como muy ventajoso para un extranjero que, en España, nación con un nivel de vida por debajo de los países circundantes, ofrecía óptimas oportunidades para personas que, como Mark, iban a acceder a un nivel comparable a la clase media-alta en Inglaterra.
Dicho contrato precisaba un atrayente salario, pagadero en libras esterlinas, similar a la de otros ingenieros que, igualmente ya lo disfrutaban y del cual todos ellos estaban satisfechos. Los complementos sociales comprendían, casa con suministro de luz, agua y carbón, para calefacción, gratuito, estancia de vacaciones pagadas, durante 2 meses en Inglaterra, disfrute estival de bungalow, en fines de semana, más un mes completo, en la playa de Punta Umbría, servicio médico y esparcimientos lúdicos en el Club de la Empresa, libre de gastos y, siendo casado, ayuda económica para hijos que desearan estudiar en Inglaterra.

"Aquel joven escocés" VIII

En una de aquellas tertulias que se organizaban en el pabellón de los Swason, uno de los invitados mencionó el insistente rumor que se extendía entre los residentes e incluso en la sala de banderas del regimiento. Consistía en las reiteradas visitas que Symon Lewis (ayudante de Mark) solía efectuar, a determinada esposa de un oficial, coincidiendo, generalmente, cuando éste estaba de servicio en el acuertelamiento.
El comentario conllevaba cierta carga de malignidad, cuando se incidía en la inapropiada conducta de la anfitriona que, casualmente, licenciaba a toda la servidumbre prescindiendo de los servicios de aquella, hasta la siguiente jornada.
A la no convencional forma de actuar de dicha dama, las murmuraciones se complementaban, con las confidencias hechas, por la esposa de Symon Lewis, a una “fiel amiga”, mujer de un residente, lamentándose de los desvíos de su marido, con el que no convivía, maritalmente, desde hacia meses, hasta el punto de que su matrimonio se reducía a fingida amistad, si bien, ninguno de los dos estaba por romper lo que duraba ya 2 años.

Chocaba, en el circulo social de la pequeña colonia, el hecho de que Mrs. Lewis no acudiese, desde hacía tiempo, a las actividades y reuniones del Club, aduciendo, desde continuas jaquecas hasta deberes domésticos de débil consistencia. Esto último muy significativo, ya que de las compras y cocina corrían a cargo de la vieja musulmana, Aisha, en tanto que el mantenimiento del cottage y jardín estaban a cargo de los jóvenes indios, Duggal y otro, cuyo nombre era impronunciable.

Eran anécdotas que, para una reducida comunidad, constituían sabroso guisado que añadir al tedio y rutina habitual.
Así, una calurosa mañana y antes de acometer sus deberes laborales, Mark se vió abordado por la secretaria, Miss Storm, que con ojos algo desorbitados, como si quisiera magnificar la peor tragedia del mundo, le informó de la reciente noticia:

“La señora de Mr. Lewis (su propio ayudante) hacía una semana abandonó el hogar, en un tonga (–coche de caballo-) acompañada del criado Duggal con destino al Hospital de Dehra Dun en el cual había dado a luz un niño….!Horror¡¡. ¡!De color oscuro¡¡
Según todos apuntaban, había tenido mucho que ver en ese desafortunado asunto, ese sirviente….¿Como se llamaba…? ¡Oh, sí¡…!Duggan¡, pero ya se sabía…cuando a estos negros se les daba la mano…la suya se deslizaba a sitios ¡impensables¡”

Quedaban silenciadas las infidelidades de Mr. Lewis, resguardadas por el más puro estilo machista, incluso al socaire del nada oculto prejuicio racista.

miércoles, 6 de enero de 2010

"Aquel joven escocés" VII

Faltaban 4 meses para confirmar el evento y, entre tanto, la temporada de Simla ya había comenzado.
Los habitantes de Chandigarh eran diarios testigos del trasiego de lujosos transportes en privilegiados altos funcionarios del Servicio Civil Indio, encumbrados militares del ejército colonial, catedráticos prestigiosos y altos representantes de la banca e tren e innumerables caravanas que, desde distantes y distintos puntos de la India, se dirigían a la fresca ciudad montañosa del norte para librar del tórrido calor a los industria inglesa.
Hacia allá acudía una gran masa de nativos, moradores de los poblados limítrofes, con la finalidad de conseguir empleos de todo tipo y cuya prestación de servicios eran retribuidos, en el mejor de los casos, con 7 Rupias semanales, algo insólito para quienes, de ordinario, sólo sobrevivían con 5 annas diarias.
Las mansiones, hoteles, casas del Gobierno y particulares, funcionaban a tope y, en cada una de ellas, se desplegaba el lujo más oriental ostentado por sus occidentales ocupantes.
Los suntuosos salones, adornados con variadas flores tropicales, concurridos por las elegantes y enjoyadas damas inglesas, vistiendo lo más actual de la moda parisina, hacían corro, junto a caballeros de vistosos uniformes y elegantes smokings, mientras una legión de sirvientes, ofrecían sobre bandejas de plata repujada, el mejor champán francés, whisky de acreditadas marcas escocesas y cigarros procedentes de Filipinas

¿Qué cantidad de cosas puede retener la humana memoria, en sólo una noche de insomnio?¿Hasta donde recordar, fielmente, lo vivido de un tiempo que va, desde la infancia más tierna, hasta una edad adulta?
Mark hizo una pausa turbándose con esas breves preguntas y, tras prender un cigarrillo, volvió a sus remembranzas. Era sábado y no tenía ningún compromiso social que atender en Bella Vista, de forma que hasta el próximo lunes no reemprendería su vida laboral.
Así pues, continuó repasando sus días en la India.

Recordaba con precisión, la fiesta dada en el Club, con motivo del cumpleaños del Coronel del Regimiento y en la cena tuvo la agradable sorpresa de saludar a su antigua amiga Violeta Blair, entonces casada con un militar, formado en la academia de Aldershot, siendo destinado a un regimiento sowars (caballería indígena) en Bombay y, tras ser ascendido, fue asignado al acantonamiento de Chandigarh.
Tras corteses presentaciones, el Mayor Edward Swason, -pues este era su nombre- le refirió a Mark las numerosas ocasiones en que su esposa le había comentado quienes formaban su circulo de amistades en Londres y, entre las cuales, ocupaba lugar el joven escocés.
Pasados unos pocos meses, la amistad se había consolidado de tal manera que, el matrimonio Swason vino a ser para Mark como su familia en Extremo Oriente.

"Aquel joven escocés" VI

Era eficaz en su trabajo e, igualmente, se integró con facilidad en la no amplia, pero sí cerrada sociedad europea de Chandigarh.
En 1912 era esta pequeña ciudad de la India, situada entre los estados de Patiala y Kapurthala, tranquila y laboriosa, contando con una población de 35.000 almas de las cuales, una parte importante se empleaba en los servicios que requería el acantonamiento militar de guarnición (compuesto por un regimiento de infantería sijs, comandado por 5 oficiales ingleses) otras 2500 personas en la cantera de la Scottish Rocks Co., y el resto dedicado a servicios domésticos, agricultura y pastoreo en las tierras montañosas de los alrededores.
En el amplio terreno que ocupaba el regimiento, aparte los barracones para la tropa, disponía de una serie de pabellones donde se alojaban, cómodamente, los mandos y sus familias que contaban, además, con uno más grande, utilizado como club y usándose para juego de polo, en ocasiones, el campo de instrucción militar.
Las instalaciones de recreo eran compartidas por los oficiales del destacamento, con los funcionarios del Servicio Civil Indio –sólo británicos- así como otros miembros europeos residentes en la población en cualquier época.
En verdad, nunca llegaron a reunirse en sus salones más de 30 parejas.
Siendo pocos, cuando los servicios lo permitían, se organizaba alguna que otra partida de polo, en las que se requerían los caballos del regimiento.
Si esa faceta del deporte no se prodigaba, se recurría al tenis o las omnipresentes timbas de cartas, pero en la mayoría de ocasiones, el aburrimiento y la monotonía estaban asegurados. Era por tanto, natural, se esperase con impaciencia la temporada de la cercana Simla que, durante 3 meses, inyectaba animación a la propia ciudad y proximidades.
Los meses de espera intentaban cubrirse con algún que otro baile, contratando una de las numerosas orquestas de Simla. Esta misión era asumida, con total devoción, por Miss Storm quien, inevitablemente, se sentaba al piano, arrancándole tales notas que los danzantes huían despavoridos de la pista para mitigar el susto en el Bar.

Fue en el Club donde se enteró del trascendental evento, que se aguardaba para el mes de Diciembre.
Nada tan singular como la visita del Rey Emperador, Jorge V, que tendría lugar el día 2 de dicho mes, comenzando en Bombay.
Con toda seguridad, el virrey, Sir Charles Hardinge, incluiría en el programa del soberano la visita a Simla y éste pudría recrearse en sus edificaciones de puro estilo británico.
Mark, pensaba interesadamente, en el aumento de pedidos de rocas a fin de acelerar obras nuevas y, otras aún por terminar. Si la noticia se confirmaba, la Scottish Rocks, podría frotarse las manos y él, personalmente, subiría en estima dentro de la Compañía.

martes, 5 de enero de 2010

"Aquel joven escocés" V

Así, volvían sus recuerdos a los primeros días de su llegada a la India.
Fijo en su retina quedó el espectáculo de su desembarco en Bombay. La primera sensación la captó su olfato y piel; calor de bochorno, olor a humanidad, mezclado con perfumes de sándalo, té y múltiples especias
Una abigarrada multitud, parte de ella con escasa ropa, turbantes multicolores, variados rostros negruzcos y cobrizos, gesticulando y tratando hacerse entender en decenas de dialectos, coolíes intentando que sus servicios de rickshaws (transporte humano ó en triciclos, los menos) fuesen contratados, escuálidas vacas deambulando sin ser molestadas, infinidad de tullidos y viejos mendigando unas monedas, vendedores de frutas y dulces, con el consiguiente acoso de insectos, todo lo cual de compleja y larga descripción.
Luego, viajar en ferrocarril. 48 horas via Delhi y medio dia a Chandigarh
Necesitó dos jornadas para descansar y organizar sus efectos personales en el amplio y destartalado “cottage”con jardín que rodeaba aquella vivienda, semejante a los 5 que la Scottish Rocks Co., poseía en el lugar para el servicio de sus directivos, a las que cada una de ellas estaban adscritos 3 sirvientes de la propia Compañía.
Tras el obligado descanso, hizo su presentación en las oficinas de la cantera, donde le esperaban el Jefe Ayudante, Symon Lewis; la Sta. Lucy Storm, en funciones de cajera y secretaria, como igualmente los capataces Mortimer y Slatery.
Su apreciación personal, -escasamente errónea- cifraba las edades de Lewis y Slatery en unos 35/36 años, Mortimer parecía mayor de 50 y, dudosamente los años de Miss Storm, no la bajaría de 48
Pausadamente, se dedicó a conocer, no sólo las aptitudes y cometidos de su reducido staff, sino también, el entorno social en que estos se desenvolvían ya que, él mismo, se tendría que integrar, teniendo en cuenta los escasos europeos residentes
Curiosamente, observó en el trato diario con su inmediato, Symon, la impaciencia de éste por marchar del trabajo, cumplidas las 10 horas de reglamentaria labor. Trataba de entender tamaña prisa razonando el poco tiempo que hacía estaba casado.
Distinto proceder apreció en Slatery y Mortimer. Ambos tenían familia e hijos, algunos de los cuales ya estudiaban en Delhi.
En el transcurso del tiempo, Mark tomaba decisiones tendentes a la mejora y rendimiento de la cantera, consiguiendo, además, jugosos pedidos, adoptando medidas para reducir accidentes y consiguiendo que las mujeres indostánicas que trabajaban como “cesteras” (cargaban y transportaban sobre sus espaldas duros cestos de mimbre, entretejido con esparto de hasta 50 Kgs. de rocas) sólo lo hiciesen durante 6 horas por jornada, ganando el mismo salario que se les pagaba anteriormente por 10.
Dichos avances de tipo social eran bien vistos en la sede de la Compañía en Edimburgo, al comparar los beneficios que se estaban alcanzando por el aumento de las ventas.

"Aquel joven escocés" IV

La marcha de Catherine fue sustituida por la compañía de Blanca Harrison turnándola con Violeta Blair. Esta última, de humor encantador, que le hizo olvidar pronto a la candorosa Catherine.
Ocho meses más en Londres y finalizada la carrera, con 24 años, se propuso conseguir trabajo recurriendo a las numerosas ofertas insertadas en “The Times”. De este modo encontró su primer empleo que le llevaría a Natal, en Africa del Sur, contratado por una Compañía dedicada a la explotación de carbón y con el cargo de Ingeniero Ayudante, fijándole un aceptable sueldo de ₤350
Trabajó con entusiasmo y, relativamente contento al aprender métodos industriales de moderna extracción que conformaron su experiencia de ingeniería práctica. El lugar de trabajo distaba unos 6 Kms de su vivienda, en Pietermaritzburg, cercana a Durban, ciudad bañada por el Indico, ideal para el descanso y prácticas deportivas.
Allí transcurrieron 3 años de su vida, cómodos y provechosos para su carrera, pero insatisfechos en el plano sociaL.
Era contrario a las formas y métodos, empleados por los boers, población blanca, mayoritariamente de ascendencia holandesa, en el trato dado a la autóctona de color y, también, a los trabajadores procedentes de la inmigración china.
Aquella situación, no compartida, le indujo a presentar su dimisión y retornar a Escocia (Lochnagar) donde le esperaban sus padres y hermana pero, lamentablemente, echando en falta la ausencia de su abuelo, fallecido recientemente.
Le bastaron 3 semanas de descanso y uno de esos días lo empleó en visitar a su amigo y antiguo compañero de estudios, Paul Knox, entonces asesor de empresas mineras y, en el transcurso de la entrevista, Mark le habló de su disponibilidad laboral.
Su comentario fue recogido por Paul, que días después, le ofertó empleo fuera del Reino Unido.
Se trataba de dirigir las canteras de Chandigarh, en el norte de la India Británica, cuya producción de basamentos de inmejorable roca era empleada en las edificaciones de Simla, localidad que en la estación calurosa acudía la élite del gobierno colonial, encabezado por el Virrey.
Tras pensarlo detenidamente, aceptó y signó contrato indefinido al estipularle un generoso sueldo de ₤425/año, viaje y vivienda por cuenta de la Compañía, más 4 semanas de vacaciones anuales, igualmente pagadas en Simla.

Continuaba Mark McGregor, dando vueltas de ruleta a su cabeza, maltratada por el poco descanso de la fatigosa noche, en su dormitorio de Bella Vista.

lunes, 4 de enero de 2010

"Aquel joven escocés" III

Pero su divagar sobre aquella recién empleada fue poco duradero, en comparación con otras vivencias, más prolongadas en el tiempo. De modo que Mr. Mark Sephan McGregor, escocés de Lochnagar, lugar a tiro de piedra de la real residencia de Balmoral, soltero, de 31 años de edad, Ingeniero, licenciado por la Escuela Imperial de Minas de Londres, se detenía más en otros acontecimientos de sus pasados años y, rememoraba su adolescencia, trepando por el húmedo Mont Keen, paseando por Trafside ó pescando carpas en el lago Muick, vistiendo el kilt regional y, siempre seguido por su abuelo, el Rvd. Ian MacGregor
Sus recuerdos le retrotraian a la época estudiantil, primeramente en Glasgow y después en Londres.
Había sido aquella, a partir de los 19 hasta los 24 años, aún alternando con muy cumplidos estudios, un derroche alegre de juventud, desarrollada en la sociedad eduardiana comprendida entre 1902/1910. Su estancia en la metrópoli fue sostenida, económicamente, por Mr. Trevor J. MacGregor, padre, no rico, pero sí acomodado comerciante, importador de té.
Con 21 años, siendo todavía estudiante, conoció a Miss Catherine Hollman, hermana de su condiscípulo y amigo Arthur, bonita y sorprendente joven a quien subyugaba el
estudio de las mariposas y la reproducción del zorro en la campiña inglesa, a lo que sumar notable candidez en lo tocante a su comportamiento con el masculino acompañante de turno que, generalmente, se conducía con ella, con la avidez del raposo (–sujeto favorito de su propio estudio-) con las gallinas. Es decir, jamás conseguía salir de su encuentro, fuese quien fuese su varonil compañía, tal como había entrado.
Aquella amistad fue limitad en el tiempo, ya que al cumplir 19 años, a la rubia Catherine les propusieron sus padres marchar a Méjico, donde un severo hermano de papá poseía un rancho por el que solían pasar millones de mariposas monarca, en sus migraciones anuales y, subrepticiamente con el propósito de alejarla de un Londres, excesivamente permisivo y liberal, preservándola con ello de su peligrosa candidez.

"Aquel joven escocés" II

De las virtudes de Mrs. Penny –que algunas tenía- había que detraer pequeñas debilidades, únicamente atribuibles a su poca moderación por la ginebra. No obstante, ni el más generoso vaso que le fuese servido, en el bar del club, era capaz de soltarle el mínimo secreto que guardara en lo más recóndito de su corazón, si se lo proponía.
Ella fue la valedora de la joven Elvira, a la que conoció cuando venía desde su Zalamea natal, aprovechando el tren de la Compañía, para vender las aves y huevos, en Bella Vista y El Valle, productos del gallinero familiar que tenían en la cercana población. Con ello, obtenía un dinero extra que añadir al escaso jornal del padre minero, cuando aún trabajaba. No era fácil apartar los ojos de aquella lozana zalamera de llamativo y atrayente cuerpo, moldeado por insinuantes redondeles y grácil físico, cuya mirada vivaz y limpio porte, quedaba adornado por la sencillez de trato y suave voz. Si bien esos atractivos no pasaban desapercibidos para el sexo opuesto, por otras cualidades, tampoco lo eran para los del propio. Su humilde y digno comportamiento, continua sonrisa, unido a la forma de recogerse el castaño cabello a manera de bajo moño en la nuca, con el añadido de simpatía natural, le hacían acreedora de la admiración, igualmente femenina.

Novelas de mi tierra.... "Aquel joven escocés"

Sí, era él. Sentado sobre la veranda que separaba el pequeño jardín de la entrada principal del bungalow, deleitándose, con la brisa de las primeras horas de la mañana que, cicateramente, concedía el verano andaluz del año 1916.
Las toscas persianas de esparto que defendían la vivienda del fuerte sol, por aquella parte de poniente, estaban levantadas y permitían el paso del mezquino aire matutino.
La noche había sido extremadamente calurosa, como todas las transcurridas de Julio. El sueño no era posible conciliarlo, pues ni el ancho ventanal del dormitorio, aún abierto totalmente y, sólo protegido por sendo mosquitero, no era suficiente para mitigar el rigor climatológico.
Recurrió a la limonada, hecha con el cítrico, azúcar y agua helada, previamente hervida que, la noche anterior, le había preparado Elvira, dejando una jarra sobre la cercana mesita de noche del aposento. La sensación de frescor era momentánea pero corta.
Interminable madrugada que le hizo pensar en decenas de variadas cosas, imaginándose saltar de un país a otro, recordando a personas, paisajes, vivencias, proyectos, planteamientos y actitudes por las que pasó en épocas anteriores y que volvería o no a repetir en un futuro. También, saboreando la bebida helada, pensó en el acierto que tuvo al contratar para el servicio de la casa a la joven Elvira que, con sólo 22 años, había comenzado a trabajar, como doméstica, obligada por el fallecimiento de su padre, en accidente minero. Eso sí, tenía que agradecerlo a Mrs. Penny, informadísima vieja vecina de la colonia, que conocía la vida y milagro de cada familia inglesa. Curiosa impenitente, siempre solícita a hacer la vida más grata a cualquier compatriota residente, a cambio de fisgonear en el más íntimo detalle social ó personal que, a su debido tiempo….ella se encargaría viese la luz.

domingo, 3 de enero de 2010

Novelas de mi tierra ....

Desea acogerse a la generosidad de este sencillo blog, la historia, que hace muchos años, vivieron en esta tierra minera una joven pareja, ella oriunda de la vecina Zalamea,y el residente, por motivos laborales en Riotinto, pero cuya naturaleza estaba originada mucho más al Norte, concretamente en Escocia.
Al ser una historia aunque novelada, se ha intentado conseguir que el lector, (al que agradecemos su atención y suplicamos paciencia)conozca las vicisitudes y proceder de una de tantas personas, extraña en país ajeno, al fin, que recalaron por nuestras minas dejando una pincelada, solo eso, de singularidad personal.
Coloquialmente, entre nosotros, la llamaremos "Aquel joven escocés", y procuraremos ir colgándola, a medida de nuestro tiempo y posibilidades.
Gracias amigos.